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ELTIEMPO.COM
Domingo 23 de mayo de 2010
Un salto a la esperanza
Puedo convocar y liderar una transformación educativa y cultural que lleve a respetar la vida, los derechos ciudadanos y a cumplir la Constitución. Llevar a que cada par de colombianos se digan mutuamente “tu vida es sagrada”. Donde nunca se mate por robar o por no dejarse robar.
Se trata de construir una Colombia donde se respeten la honra y los derechos de propiedad.
Nuestro plan de gobierno se basa en legalidad democrática y educación. Las leyes dirán: “Publíquese, explíquese, compréndase y cúmplase”, creando la obligación de hacer pedagogía legal. El ciudadano será capaz de autorregularse y de regularse con otros. La Policía, fiscales y jueces serán una valiosísima tercera instancia.
Además de incentivos o sanciones, se impulsará el cambio de hábitos y normas sociales. Así comenzaremos a derrotar la cultura del atajo, esa inveterada capacidad colombiana de tener resultados a cualquier costo, violando la Constitución y sembrando odio o resentimiento.
Reorientaremos la recursividad del colombiano. La frase “colombiano no se vara” dejará de expresarse en el narcotráfico y la corrupción y se expresará en innovación. La creatividad al servicio del bien. Seremos el primer gobierno verde sobre el planeta. Tal vez no avancemos tan rápido, pero avanzaremos en la dirección correcta.
Podemos lograrlo sin salirnos de la cancha, sin violar el reglamento, respetando al rival. Contra el todo vale acostumbrado, escogeremos la sorprendente fuerza de la innovación colectiva.
La creatividad 100% legal, y no la avivatada, será el sello de la nueva Colombia. Seguiremos diciendo que nuestro país es pasión, pero entenderemos que ante todo es razón. Es lógico que al gobierno de la innovación se llegue vía innovación. En el último año ha convergido un equipo de trabajo calificado alrededor de cuatro ex alcaldes, con la creación y la movilización de ciudadanos comprometidos y decididos a participar: “Yo vine porque quise, a mí no me pagaron”.
En el siglo XX, la democracia se transformó por la revolución pacífica de las mujeres y el movimiento norteamericano por los derechos civiles. Ahora viene la e-democracia. Un directorio político convencional es un dinosaurio frente a una red social. Se mueve enredado en la definición de las jerarquías. ¿Quién llama el día del voto? ¿Cuál es la voz que los ciudadanos escuchan? Es una red de votantes que ya nunca aceptarán votar empujados.
En estas elecciones, Colombia puede cambiar la forma como ha votado históricamente. El voto libre, de opinión, puede decidir el rumbo del país. La democratización del voto facilita la democracia deliberativa. En lugar de doctrinas dogmáticas, hay argumentos; en vez de partidos cazapuestos, tendremos meritocracia. Inclusive, con todo lo destructiva que es, es preferible una publicidad sucia, a que se atente contra la vida.
El clientelismo es una enfermedad, no un destino, y nos podemos curar. Mientras la maquinaria recomienda el menú del día, las redes sociales y las nuevas generaciones son muy sensibles. La democracia a la carta exige información, transparencia y rendición de cuentas. El Partido Verde pretende ser una oferta partidaria responsable y coherente de cara a una década en que la minería y el petróleo crecerán en Colombia. Serán claves el buen manejo de las regalías, su inversión en educación, infraestructura y en mitigación del impacto ambiental de proyectos mineros. Los partidos verdes están obligados, más que cualquier fuerza política, a mirar consecuencias de mediano y largo plazo. La perspectiva ambiental no tiene ninguna viabilidad si la gente no adopta moral y culturalmente la ley. Nuestra opción por la legalidad democrática no sólo busca prosperidad. Busca sostenibilidad.
Reconozcamos lo mejor de cada uno y demos el salto a la esperanza. Ha comenzado la era de la innovación y, en esta era, la historia se escribirá con lápiz y no con sangre. Colombia ha redescubierto la fuerza de la cooperación. Conseguir iguales o mejores resultados limpiamente es posible.
* Candidato presidencial del Partido Verde
www.antanasmockus.com
antanasmockus@partidoverde.org.co
Antanas Mockus *
Domingo 23 de mayo de 2010
El Tiempo
Lo digo con coraje: habrá más impuestos a los ricos’: Antanas Mockus en entrevista con Yamid Amat
Foto: David Osorio / EL TIEMPO
El ex alcalde de Bogotá subraya que, en cuanto al esquema económico que quiere aplicar en Colombia, está en las antípodas del presidente venezolano, Hugo Chávez.
El candidato ‘Verde’ no ve muy clara la participación de ‘la U’ en una administración suya.
El candidato presidencial Antanas Mockus formula en la siguiente entrevista planteamientos importantes. Dice que su gobierno no sería un salto al vacío y que no habría “ni falsos positivos, ni chuzadas ni recomendaciones”. Promete “acabar con el clientelismo”, que atribuye a la administración Uribe; cree que no gobernará con ‘la U’, pero sí con “liberales y conservadores capaces” y anuncia radicales reformas a impuestos, justicia, salud, educación y política, incluida la abolición del voto preferente.
¿Cómo va la campaña?
Hubo un momento de optimismo en exceso, casi de triunfalismo. Reconozco que bajé un poco la guardia o caí en celadas inteligentes, pero ya retomamos el tono.
Hay quienes afirman que usted es muy contradictorio: que un día dice una cosa y al otro día rectifica. ¿Es válido?
Me parece radicalmente injusto que se generalice por un caso que pudo crear confusión. Si algo hay importantísimo para mí, es la consistencia.
Dicen sus opositores que usted es un salto al vacío…
Soy un salto a la coherencia y a la transparencia, lejos de la compra de votos con cargos, contratos y notarías. En estos días ha habido varias declaraciones de que las ‘chuzadas’ llevan 25 años, que los nombramientos por recomendaciones para lograr buena voluntad de los congresistas son una vieja práctica, etc. Quienes hablan de salto al vacío quieren conservar a toda costa los vicios del pasado: los falsos positivos, el clientelismo y las recomendaciones.
¿Es válida la acusación de que hubo compra de votos para la reelección?
Sí. Creo en el testimonio de Yidis Medina, porque muestra con sinceridad lo que es un compromiso violado. Ella sigue pensando que su voto fue decisivo para aprobar la reforma que permitía la reelección, y un voto decisivo en el mundo clientelista no se ofrece gratis. El clientelismo funciona como un peaje y entre más afanado esté usted por pasar, más alta la tarifa.
A raíz de la acción jurídica contra Sabas Pretelt, el presidente Uribe dijo que desde hace años los gobiernos reciben recomendaciones, que no es ilegal…
Yo lo entendí como el reconocimiento de que hubo conversaciones sobre nombramientos a cambio de votos. El rey de Francia dijo: “París bien vale una misa”. Aquí se piensa: “Una reelección bien vale un cohecho”, pero no lo dicen porque sería una muestra extrema de cinismo. El afán reeleccionista llevó al gobierno a actuar de una manera riesgosa, contraria a la ley e indebida.
¿Cómo manejará sus relaciones con el Congreso si es elegido?
Cada gobernante que ha hecho concesiones burocráticas y prebendas a parlamentarios ha malcriado al Congreso. Yo no lo voy a hacer. No puedo promover una cultura antiatajo cediendo al chantaje.
También le critican una aparente lentitud en decidir…
No me gusta tomar decisiones con la cabeza caliente. Pero cuando se deben tomar, se toman. ¿Le parece que me demoré mucho cuando tomé la decisión de acabar con la Policía de Tránsito por corrupta?
Si usted hubiera sido Presidente y su Ministro de Defensa le dice que va a bombardear el campamento donde está el jefe de las Farc ‘Raúl Reyes’, en territorio extranjero, ¿usted lo autoriza?
No. Habría buscado la cooperación de Ecuador.
¿Y si existen en el Gobierno Nacional dudas sobre la actitud del gobierno ecuatoriano?
Eso es el arte de gobernar. Me voy a Quito y le presento al Presidente las evidencias de la presencia de ‘Reyes’ y lo enfrentamos juntos. Ganarles la guerra a las Farc limpiamente cuesta el doble o el triple de lo que cuesta ganarla turbiamente, pero hay que hacerlo. El fin no justifica los medios. Hace unos días, para un debate televisivo, el doctor Santos llegó en moto, sin chaleco y sin casco. Yo llegué también en moto, pero con chaleco y casco; me demoré un poco más. La pelea contra las Farc es así: la vamos a ganar legítimamente; nos costará más dinero y tal vez más tiempo, pero al final el resultado será más sólido.
¿Cree que hay complicidad del presidente Chávez con las Farc?
En Colombia la hubo más. Recuerde la época del Caguán, cuando parte de la sociedad decía: “Estos muchachos no tienen intenciones tan malas”.
¿Cree que en Colombia hay justicia social?
Hay una gran desigualdad, pero no la conecto causalmente con la violencia.
¿A la desigualdad adjudica el origen de la guerrilla?
Fue más por exclusión política. La desigualdad fue utilizada como justificación.
¿Y cómo piensa combatir la guerrilla?
Con más fuerza, más justicia, más educación, más presencia del Estado, no sólo para combatir la guerrilla, sino para luchar contra la desigualdad. Eso supone más recursos. Hay que tener el coraje de decirle a la sociedad nuestras necesidades. Tenemos que enfrentar el espantoso déficit fiscal que nos van a entregar, la altísima deuda nacional e internacional y el terrible atraso en infraestructura que vamos a heredar, y salvar el sistema de salud, que está a punto de naufragar.
¿Y cómo piensa hacerlo?
Stephen Holmes, un profesor de Nueva York, tiene un libro fascinante que se llama El costo de nuestros derechos. Demuestra que la mayoría de los derechos consagrados constitucionalmente se expresan presupuestalmente; o sea, el derecho a la vida: ¿cuánto hay que poner? El derecho a la educación: ¿cuánto hay que invertir?, etcétera.
¿Es decir?
El que tiene debe pagarle al que no tiene. Y en mi gobierno así será con una radical reforma tributaria. Necesito mucha comprensión de parte de quienes van a tributar.
No me gusta mucho el impuesto al patrimonio, porque la gente puede tender a esconderlo. Hay que incrementar el impuesto de renta y el predial, porque medio país los tiene rezagados, hay que reducir la cantidad de tarifas del IVA y elevarlas. Hay que suprimir exenciones y conseguir más recursos para invertir al menos la mitad del gasto público en corregir desigualdades.
La carga tributaria está entre el 16 y el 18 por ciento del PIB. Casi todos los candidatos presidenciales proponen 1,5 puntos de aumento. Yo creo que hay que elevarla, por lo menos, al 23 por ciento.
Si es elegido , ¿cómo va a ser su relación con las cortes?
Respetuosa. Obviamente no habrá ‘chuzadas’, ni seguimientos, ni violación de reserva bancaria. No lo haré. Y la gente que va a trabajar conmigo no lo hará.
¿Le parece bien que la Corte Suprema de Justicia aplace la elección de Fiscal General?
No quiero interferir con las decisiones de la Corte.
Si la Corte no elige Fiscal, ¿cambiaría la terna?
Si la terna que existe se desbarata, sí. Será una terna de penalistas. Y debe quedar claro que no habrá una deuda por parte del elegido. La terna será escogida por méritos y no por alguna lealtad.
¿Se considera de derecha?
Nuestro escudo dice: ‘Libertad y orden’. Soy más orden que libertad, porque sin orden no hay libertad…
¿Es partidario de privatizar los bienes del Estado?
Hay que juzgar caso por caso y privatizar por ineficiencia pública. El papel del Estado no es reemplazar al sector privado; debe ser regulador.
¿Y privatizar la educación?
No. No haber fortalecido a tiempo la universidad pública nos ha costado mucho como sociedad. Hay que formar más técnicos. Y hay un tema gravísimo de educación inicial: los sectores pobres no tienen educación preescolar, de los cero a los 5 años. Yo soy partidario de extender la educación inicial, porque el niño absorbe mucho en esa edad. Hay que educar a los niños desde un año, capacitando a madres comunitarias y capacitando profesorado.
El problema de la educación superior es muy grave: de 100 muchachos, incluyendo técnicos, entran 27 a la educación superior y 73 se frustran. Entonces, hay que seguir multiplicando ‘Senas’, que es el principal dispositivo de adaptación de corto plazo a la tarea de trabajo.
Cuando la gente dijo que usted estaba proponiendo eliminar los parafiscales que nutren al Sena, ¿se equivocó la gente o usted?
Se equivocaron al interpretar lo que dije. Le metieron susto a la gente, como lo hicieron con Familias en Acción. Me parece infame que digan que vamos a quitar una política social que nació en un gobierno anterior. Digo claramente: seguirán los parafiscales, la financiación del Sena y del ICBF y Familias en Acción. Educar a la gente no es un favor, es un derecho. Y procurar una vida sin miseria es una orden constitucional.
¿Qué piensa de empresas como Ecopetrol e Isagén?
Se privatizará Isagén. No es misión del Estado ser propietario de empresas, sino regular y garantizar la producción de bienes comunes como infraestructura, carreteras y puertos, sin ser ejecutor.
¿Y Ecopetrol?
Hay que tomar el 15 por ciento de su valor, no todo de una vez sino gradualmente, y utilizarlo en educación.
¿O sea seguir privatizándola?
Seguir vendiendo acciones a los ciudadanos y a los fondos de pensiones.
¿En economía usted es claramente antichavista?
Estoy en las antípodas de Chávez.
¿Ha pensado en alguna reforma a la justicia?
Hay que aprovechar la exitosa experiencia de la tutela, casi hay que ‘tutelizar’ la justicia, en el sentido de hacerla pronta y cumplida para acabar con los procesos eternos.
¿Y alguna reforma política?
Sí, para establecer una relación personal y casi permanente entre elector y elegido. Un montón enorme de gente ni se acuerda de por quién votó y, si se acuerda, no le hace seguimiento. Eso provoca que los congresistas tiendan a representar clientelas y no regiones. Mi idea es partir el territorio en circunscripciones unipersonales (distritos electorales), como en Inglaterra y EE. UU. Y hay que acabar con el voto preferente, porque fragmenta los partidos, en vez de fortalecerlos genera una competencia personal. Soy partidario de las listas, ojalá elaboradas por consultas como las que han empezado a hacer algunos partidos.
¿Usted se considera un líder?
Me gusta más el trabajo en equipo. Me parece importante cuánto cree la gente en el Presidente, pero me parece más importante cuánto cree la gente en los ministros, en las oficinas del Estado y en los funcionarios. En mi época en la rectoría de la Nacional, lo decía así: cada vicerrector debe ser mejor que yo, en vez de sacar a los buenos por temor a que ensombrecieran mi imagen. Voy a usar parte de mi tiempo para que gente brillante, buena, coopere suficientemente entre sí en mi gobierno.
¿Enrique Peñalosa estará en su gabinete?
Sacó usted la caña de pescar. Presiento que sí.
¿Y Lucho Garzón?
Va a estar en el equipo y será importante. Costa Rica logró una especie de gran acuerdo contra la pobreza: Lucho puede construir eso. Él hizo que la ONU les hiciera seguimiento a las políticas sociales en el Distrito. Cuando fue elegido, halló en Bogotá más hambre de la que se podía imaginar. Y logró reducirla. Se hará con él un gran trabajo contra la pobreza.
¿Cuál sería la característica de su política internacional?
Tendría una política como la de Lula en Brasil o la de Bachelet en Chile, por lo equilibradas, ponderadas y respetuosas. En el caso de Colombia y Venezuela, hay que pensar no sólo en si los presidentes se entienden o piensan distinto, sino en que nos necesitamos. Asumamos eso. En Europa, que era supernacionalista, donde los franceses miraban a los alemanes como seres moralmente dudosos por definición, hoy ambos son eje de la unión y el progreso económico. Algún día los latinoamericanos comprenderemos que si no nos unimos fuertemente en lo económico, seguiremos en la que estamos.
¿Con qué partidos piensa gobernar?
En el Congreso nos entenderemos con los partidos, en el equipo de gobierno estarán los mejores sin considerar a qué partido pertenecen. Le tengo fobia al clientelismo. Para el Partido Liberal fue muy bueno que se les hayan ido los clientelistas para otro lado.
¿Qué hará con ‘la U’?
Invitarlos a la democracia deliberativa.
¿Tendrá participación en su gobierno?
No creo, pero mire: cuando escoja mi equipo de gobierno, no me voy a poner a preguntarle a la gente de qué partido es. Gobernaré con individuos capaces.
¿Qué hará en salud?
Hay que reformar la Ley 100 y salvar la universalidad y la solidaridad. Frente al crecimiento del sistema de salud, es necesaria una función reguladora del Estado, que hoy no tiene dientes. Defendí la Ley 100 pensando que las empresas aseguradoras impulsarían la promoción y la prevención. No ha sido así y lo que se ha venido dando es un retorno al sector público por la puerta de atrás.
¿Cómo así?
Las EPS no hacen prevención. Se convirtieron en negociantes de la salud, como muchos sectores en la empresa privada. Cuando una persona contrata a un albañil y le dice ‘quédese en el Sisbén y no pagamos salud; así le pago más y gana usted y gano yo’, está socavando los principios básicos de solidaridad de la Ley 100, o sea, alguien que debe contribuir hace trampa para que su trabajador sea subsidiado.Se le está mamando gallo a la legalidad en salud. Si en un bloque de 40 millones de colombianos hay 100 gorrones no pasa nada, pero si hay un millón de gorrones empiezan a pasar cosas.
¿Cómo le gustaría que lo recordaran los colombianos si es elegido Presidente?
Que unió. Que solos podemos poco y que unidos lo logramos todo.
YAMID AMAT
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
Cromos.com.co
Domingo, 23 de Mayo de 2010
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Antanas Mockus, el hombre increíble
Más de un político quisiera conocer la fórmula con la que este profesor universitario ha cautivado las masas. La gente lo sigue porque está hastiada de la politiquería.
Como un corrillo de ángeles nerviosos y asalariados, no dejan de murmurar: “El éxito es mantenerlo aislado”. Sincronizan las frecuencias de sus radios y murmuran en secreto: “Frente a cualquier traspiés los escudos blindados no lo despintan”. Se acomodan los finos cables de sus intercomunicadores, del oído a una batería en su cintura y de ahí al final de la manga de sus chaquetas, y por un diminuto micrófono enganchado en el pulso de sus relojes, repiten las órdenes: “Frente a otros uniformados, hay que pedirles su identificación”. Son más de 20 y no paran de moverse de un lado para otro. No es para menos, su protegido se dirige esta mañana de domingo a una manifestación en Soacha. Una plaza ensombrecida con la nube negra de un magnicidio.
Seguro que su mamá, Nijole Sivickas, una artista reconcentrada, no ve la hora que pasen las elecciones, todo con tal de que su cuadra en Quinta Paredes retorne a la normalidad y se disuelva frente a su casa ese aleteo insistente y molesto de los escoltas de su hijo y vecino en campaña presidencial. Pegados a su reja, algunos de uniforme y la mayoría con vestidos de paño, corbatas de colores, “peluquiada” a la americana y chaquetas más estiradas de un lado, como si fueran en la cubierta inclinada de un barco, por el peso de las armas que ocultan, no paran de hablar y de urdir los planes de seguridad para el candidato.
De la casa del profesor Antanas Mockus sale un joven vestido de verde con la amabilidad de un corista de Missi y la frialdad del que tiene que comunicar que no hay ninguna cita de CROMOS ese día. Al mismo tiempo llega otra camioneta gris blindada con un coronel, de apellido Chavarro en su pecho, que en segundos se mete en la conversación para confirmar que la cita sí existe, lo que pasa es que se cuadró a las 11 de la noche y por eso no está en la agenda de la casa. Esos son los sacrificios de la política.
Mientras espero en la sala, no puedo sacarme de la cabeza los dos comentarios recientes que se me cruzaron en el camino sobre Antanas: de un lado la frase del taxista que admite que Mockus le gusta por inteligente pero lo ve “muy educado y ‘blandito’ para portarse como un varón con las Farc”. Del otro, está la caricatura de Matador en El Tiempo, donde aparece la Mockustrufia diciendo: “Yo como digo una cosa, digo la otra”. Están decididas las preguntas de entrada.
¿Qué es lo más difícil de hacerle creer a la gente sobre usted? ¿De pronto que un filósofo no es blando y que puede ser un presidente tan fuerte como Uribe frente a las Farc?
Yo trato de entenderlo y me parece que la gente me percibe más tranquilo, pero es como si un papá sereno no pudiera castigar. Está el papá que se sale de casillas y gesticula y levanta la voz y castiga, y está el papá que castiga sin perder los estribos y no por eso castiga menos. Cuando uno castiga, puede sembrar respeto a la norma, puede sembrar miedo o puede sembrar odio. Mi opción es que para castigar no necesito despertar odio.
Un taxista me decía: “Mockus es bueno, es pilo, es filósofo pero él no va a ser tan duro con las Farc”.
Lo que pienso –con convicción– de la frase que dije sobre que las Farc deberían aprovechar estos últimos meses de Uribe para negociar, es porque claramente Uribe tiene más orientación hacia la negociación de la que tengo yo. Yo opero por principios, para mí si las Farc se declaran fuera de la Constitución es problema de ellos. Imagínese, si una fuerza armada se declara fuera de la Constitución, pues no hay más posibilidad que darle una altísima prioridad a reducir esa fuerza armada a su mínima expresión. Ojalá rendirla.
Entonces, ¿heredaría la misión de Uribe?
Hay cosas del estilo de Uribe que no voy a heredar, por supuesto, pero la política general de seguridad democrática la heredo y la asumo.
Otra cosa que es difícil de hacer creer son esas opiniones suyas que dan la sensación de ser cambiantes…
Esta mañana leía un libro de Albert O. Hirschman titulado Tendencias autosubversivas, que relaciona mucho la capacidad de realizar opiniones con la idea de la democracia deliberativa, es decir, que si cada cual llega con su opinión y no la varía, pues no hay democracia. Tengo muchas certezas, hay cantidad de cosas que no revisaría ni de fundas, pero como promuevo la democracia deliberativa, tengo que aceptar que otra gente opine. Es una virtud tener la capacidad de revisar las opiniones ante argumentos fuertes del otro.
¿Por qué a ratos habla de una manera tan difícil de comprender?
Yo creo que hay momentos de mayor sintonía y de mayor indulgencia con el vocabulario. La relación con el lenguaje es muy rara, yo tuve un profesor de Sociolingüística y él tenía investigaciones sobre el coeficiente de inteligencia relacionado con el titubeo, entonces me comí el cuento que cuanto más titubeo hay más síntomas de inteligencia.
¿Pero hoy en día cree en esa teoría?
No, pero creo más bien en la libertad de poder escoger uno las palabras con relativo cuidado. Dicho de algún modo, uno o habla muy de corrido y no dice casi nada nuevo y todo el mundo entiende, pero ¿qué hay? Nada. O habla uno con más detenimiento y entonces las palabras a veces se atropellan, compiten entre sí, y el pensamiento mismo fluye despacio.
¿El problema entonces es concluir?
El problema según Adriana, mi esposa, es que debo decir al comienzo sí o no o la respuesta corta y, después, dar la explicación larga y, si veo que la gente se distrae, pues para qué dar más explicaciones. Mis correcciones han estado totalmente ligadas a una o dos entrevistas donde, probablemente, confié cuando debí estar prevenido. Por mi corriente filosófica “Habermasiana”, confío mucho en que uno puede decirlo todo, eso implica confiar mucho en la buena fe.
De eso no hay mucho en la contienda política.
Están las críticas sinceras que, incluso, duelen porque son sinceras y de alguien que uno ha admirado y leído varios años. Pero está la crítica de real mala leche, la tergiversación. De las cosas más chistosas es que uno va en un lugar discreto en las encuestas y nadie lo molesta, pero mejoran las encuestas y empiezan a tirarle piedras.
Era un profesor que quería ser alcalde y lo logró, ahora es un alcalde que quiere ser Presidente. ¿Cómo hizo para que la gente se lo creyera?
En el alcalde, el profesor siguió vivo, siguió haciendo de las suyas, enseñando. Una de las consignas que la gente grita y que más me conmovió cuando la escuché, fue: “Mi profesor, mi Presidente”. Creo que ayuda mucho ver la continuidad entre los distintos roles. En Colombia más del 60% de la gente confía en los maestros.
¿Cuándo se creyó usted el cuento de llegar a ser Presidente?
Cuando un joven caleño me dijo: “Antanas, sea Presidente para sacar lo mejor de cada cual a flote”. Fue tal vez el momento decisivo, dos o tres semanas antes de la consulta. En la tradición nuestra la gente se “lanza”, la gente le dice a uno “láncese”, no le dicen a uno “sea” Presidente.
¿El “láncese” todavía tiene algo de abismo?
Sí. Algunos dirigentes del Partido Verde me habían invitado ya delante de la gente a lanzarme como candidato y yo, afortunadamente, no acepté ese atajo, preferí hacer un proceso formal y democrático.
Usted es como el Hombre increíble, y no por lo verde sino por ser una persona mortal que de pronto recibe una gran fuerza de la gente que quiere una política limpia y honesta. Pero esa fuerza lo vuelve a veces superhéroe y a veces simple mortal, dubitativo.
Sí, y esa fuerza es consistencia, es coherencia entre lo que digo y lo que hago.
¿Cuál es su sentido más desarrollado?
Yo no sé si el tacto o la vista… Con mi segunda hija, Dala, fui papá canguro y eso me enseñó mucho sobre el tacto, a que ella se durmiera sobre el pecho y que respiráramos en un contrapunteo. Claro que, también, cuando iba a visitarla en la incubadora, hice algo rarísimo que es tenerla en las manos y estar todo el tiempo con la mirada fija en el monitoreo de los signos vitales.
¿ Y su sentido menos desarrollado?
El olfato. Me chucé la nariz con una mata. Eso fue en la final del campeonato mundial del 86 en México, todo el mundo estaba obviamente recogido y yo con unas alemanas y una amiga colombiana nos fuimos a la parte más alta del páramo de Sumapaz y luego bajamos a Pasca. Allí había un bosque muy pendiente, con unos matorrales que uno pisaba y se caía. Yo me caí, me chucé y me quedó como un zumbido. Mi hermana, que es médica, me dijo que en un mes o dos me iba a pasar y me pasó el zumbido pero me quedé sin olfato. El Perfume, de Patrick Süskind, lo guardé como cinco años antes de leerlo.
¿Los candidatos pueden decir que usted no tiene olfato político?
Pueden decir muchas cosas. Mi esposa me dice que no divulgue mis debilidades, pero como dice una canción argentina: “Soy como soy así no más”.
¿Hay algún amigo suyo que no esté de acuerdo con que usted se lance a la política?
La primera vez en que acepté la invitación a ser candidato a la Alcaldía, me llamó el subdirector de Colciencias de ese entonces, José Luis Villaveces, y me dijo: “Oiga, ¿usted se acuerda del nombre del Alcalde de Londres cuando fueron publicados los principios de matemáticas de Newton? Le dije “no, no me acuerdo”. Como diciéndome usted podría tener más fama como académico y ser más… inmortal, publicando un libro como los principios matemáticos. Bueno, estoy exagerando totalmente, pero este amigo me dijo “ahí hay otros caminos hacia una vida memorable más suave”.
Usted atrae por su honestidad, el no mentir, el no robar. ¿Cómo se lo inculcaron en la casa?
Toneladas de sentimiento y de culpa. Si mi madre me veía echándole cuentos, pues me hacía sentir muy mal. Y las madres lo hacen sentir a uno mal incluso a través del perdón. A partir de cierta edad era dificilísimo dormirse uno con guardados. Entonces había como un rito raro de acercarme a la casa de mi madre y contarle, contarle alguna cosa que había hecho indebida. La lectura de Dostoievski también me desarrolló un sentido de culpa grande.
Pero retomando lo de su mamá, ¿había castigos?
No, no, era en el lenguaje, o sea diciéndome “me lo imagino a usted superhonrado, incapaz de mentir, incapaz de guardarse algo”. Pero de pronto yo hablo con la vecina del primer piso como buscando un noviazgo cuando mi madre me ha dicho que los noviazgos son para más tarde. Es decir, por ocultarle a ella algo me acosaban unos sentimientos incómodos.
¿Pero lo ha cuidado mucho?
Sí. De pronto tiene que ver mucho con la migración. Cuando usted se queda tan aislado, usted siente que su vida va a ser muy orientada hacia la supervivencia.
¿Cómo es hoy esa conexión con su mamá, que es a la vez su vecina?
En estos días entra veinte, quince minutos, se fija si estoy muy ocupado. Entonces a veces sólo me saluda, a veces nos tomamos un café con leche juntos y me pregunta cómo voy, o me comenta algo que hice y le gustó. En una época me juzgaba muy duramente. Hoy es más indulgente, más amiga y, de algún modo, más partidaria de los caminos que voy tomando.
¿Qué le perdona ahora que antes no le perdonaba?
Ella ya ve con cierta naturalidad mi relación, por ejemplo, con los medios. Antes, cuando le regalé un libro de Salvador Dalí, me dijo: “Dalí es capaz de convertir este pocillo en una obra de arte con una pincelada de pintura, pero no necesita cámaras alrededor”. Eso fue una guachada muy lúcida, como diciéndome “¿Y usted sí sería igual de productivo sin contar con todo el reconocimiento social? ¿Podría aportar? Mejor dicho, ¿quién es Antanas sin la gente que lo conoce?”.
¿Algo inútil que valore en su vida?
No. Se me ocurrió una cosa horrible, o sea la relación que tengo con Jon Elster, un académico absolutamente extraordinario que si hubiera Premio Nobel de Ciencias Sociales seguro él se lo ganaría.
¿Y cómo lo emparenta con la
inutilidad?
El libro más reciente que tengo de él se llama El Desinterés, y ahí esculca y esculca y uno lo lee y se contagia cuando dice que la envidia es una emoción desagradable, pero que si además le ven a uno la envidia es doblemente jarto. Entonces, él dice, lo que hace el cerebro frente a algo parecido a si yo le envidio a usted la corbata, es que me consigo alguna información en el entorno que hace sospechar que esa corbata la consiguió usted haciendo un trabajo periodístico a un mafioso o una cosa así. Entonces yo ya no siento envidia sino indignación. Imagínese, periodista descarado, la corbata regalada por un mafioso… La indignación sí es agradable sentirla y es socialmente presentable.
¿Y lo útil de lo inútil?
A mí me sirvió eso en algún momento para plantear el tema indignación versus odio frente a las Farc. Mejor dicho, si yo lo odio a usted, no hay oportunidad, lo que necesito es exterminarlo; pero si yo tengo indignación, yo conservo la esperanza de que usted pueda entender y cambiar. Claro, en el contexto electoral van a decir que la indignación es menos fuerte que el odio. Yo creo sinceramente que Uribe odia a las Farc, las odia, mientras a mí las Farc me llenan de indignación. Me gusta que alguna gente haya entendido que el odio no es la mejor alternativa.
Un amigo me mandó a decirle: “Si Mockus es tan inteligente ¿por qué quiere meterse a la Presidencia si eso es un barco que hace agua?”.
Porque muchas alegrías, muchas tristezas, dependen de la calidad de la Presidencia y no da lo mismo, porque un gobierno es muy distinto de otro.
¿Qué aspira ser, el filósofo más político o el político más filósofo?
Aspiro graduar a 45 millones de colombianos en Filosofía. Me imagino un diploma que dice el nombre del colombiano o la colombiana graduada con una frase como “amo mis derechos tanto como los derechos de los demás”.
Con tantas declaraciones en público, ¿como filósofo no extraña la dieta del silencio?
Sí, aunque algunas veces me siento como el náufrago que necesita acabar de contar su historia.
¿Qué se quita un filósofo para despertar en la política?
Se quita lo que se llama el aparataje crítico, todas las notas, los pies de página, las referencias bibliográficas.
¿Para ser feliz necesita meterse en la política?
Sí, creo que difícilmente podría vivir sin ella.
Decir verdades es tan difícil como aceptarlas, ésta del párkinson ha sido la más dura en su vida. ¿Qué fue lo primero que le pasó por la mente cuando se lo dijeron?
Es una reacción, porque usted tiene algunos síntomas y de pronto usted tiene un nombre y queda como atrapado en algo que es incurable. Hay que hacerse a la idea de que todo lo que uno había pasado hasta el momento en temas de salud era reversible, curable, ahora descubro que tengo una condición que me va a acompañar hasta el final de los días. Se vuelve parte de mi identidad, pero no quiero hacer de eso un dramatizado.
Siguiendo el estilo mediático de los gringos frente a sus figuras públicas, ¿hay un vicio que tenga que confesar ante las cámaras antes de llegar a la Casa de Nariño?
No, pues no considero necesario seguir las pautas mediáticas gringas, ya hay suficientes retos en nuestra vida.
¿Cuál es el electrodoméstico más reciente en su vida?
Pues este, el celular, el blackberry y el twitter superadictivo, tiene un grupo indefinido de gente que usted no identifica personalmente y cuya opinión usted valora y le va dando pistas.
¿Cuánto pesa?
76 kilogramos.
Una superstición.
Que la descubran los enemigos.
Una fobia.
Fobia total a los que habiendo entendido algo se hacen los que no lo entendieron.
Una muletilla.
“Digamos”.
Un defecto físico
Fijarme demasiado en mis defectos.
Una canción
Llegó, llegó.
Un arrepentimiento
Es propio de la vida corajuda no arrepentirse.
Su primer recuerdo de un buen presidente.
Pues Carlos Lleras, cuando yo vivía en el barrio Armenia, en la Caracas con 26. La imagen que tengo es que tecnificó el Estado, o sea, fortaleció bastante el Departamento Nacional de Planeación.
¿Y el recuerdo de un mal presidente en su vida?
A los cinco años, es una imagen de mis padres mirando si había suficientes latas de conserva, era la época de Rojas Pinilla, supongo que ya cerca a su caída, entonces había el susto del desabastecimiento, que las tiendas cerraran las puertas.
Con tanto protagonismo y tanto trote político, ¿no añora sus años cuando era invisible?
De algún modo siempre tengo la posibilidad de ir al exterior y allá uno se convierte en un ciudadano bastante invisible… a pocas horas de vuelo.
¿Hay algún otro atajo para ser invisible que no sea viajar al exterior?
Pues sería disfrazarme, pero no lo he hecho…
Entra su jefe de prensa y sale Mockus disparado. Un preciso efecto de acción y reacción que incluye una pulsera verde como premio de consolación. Soacha lo espera. Voy detrás de él para despedirme pero ya es tarde, el profesor se inclina y parece un avestruz con la cabeza enterrada en una maleta en un rincón de su pequeño comedor. Busca sus zapatos tenis, su bluyín y su camiseta verde. El uniforme del hombre increíble.
Jairo Dueñas Villamil | Cromos.com.co
Antanas, el impredecible
Si en algo coinciden quienes conocen a Mockus es en su transparencia. Sus contradictores dicen que es polarizante.
La escena se repite una y otra vez. Colombianos con ilusión en el rostro y lápices en las manos gritan efusivamente: “Mi presidente, mi profesor”. Para Antanas Mockus no se trata de cualquier arenga. De ser profesor se desprende lo más importante de su vida: el conocimiento, la política y su gran amor.
Corrían los años 70 cuando Mockus, después de su pregrado y maestría en matemáticas en la Universidad de Dijón (Francia), regresó al país como catedrático de la Universidad Nacional, donde al tiempo hizo una maestría en filosofía. Allí conoció a Carlos Augusto Hernández, hoy su amigo del alma. “Andábamos melenudos y en bicicleta. Teníamos ruanas grandes, la gente pensaba que vestirnos como hippies implicaba que éramos hippies. Antanas no aclaraba nunca que él no podía serlo. No podía fumar marihuana porque tiene el cuento de que no usa cosas que le hagan daño”, recuerda Hernández.
La pasión por la educación los terminó de unir cuando crearon el grupo Federici, dirigido por el profesor italiano Carlo Federici, con el objetivo de investigar, precisamente, sobre la educación. El hecho coincidió con una propuesta de reforma curricular impulsada por el Ministerio de Educación que el grupo criticó por quitarle autonomía al educador. Algo tenían que hacer.
En medio de la agitación de aquella lucha, en 1982 nació el Gran Movimiento Pedagógico. Con Fecode y sin buscar reivindicaciones económicas se movilizaron por la enseñanza. La propuesta fundamental era “la educación es comunicación”.
Un par de cosas caracterizaban al Antanas de entonces. Uno, la capacidad incansable de trabajo —podía deliberar hasta las 3 de la mañana y a primera hora del día siguiente aparecer con más tareas hechas—. Dos, compartía los logros académicos —si alguien le ayudaba al menos con un comentario de sus textos, él no tenía problema en darle crédito—. Era generoso.
Pero la crítica de Mockus no sólo tenía como blanco el Ministerio de Educación. Años después, sus insistentes preguntas sobre la verdadera misión de la Universidad Nacional motivaron que el rector, Ricardo Mosquera Mesa, lo invitara a ocupar la vicerrectoría. Era un contestatario para muchos.
Ya sobre los años 90, el entonces ministro de Educación, Alfonso Valdivieso, se sorprendió tanto con el matemático que le contó al presidente César Gaviria de sus habilidades. A su favor se juntaron dos situaciones: el período de Mosquera estaba concluyendo y eran tiempos en que el Ejecutivo nombraba al rector. Como resultado, el mandatario liberal decidió darle el cargo al profesor de ascendencia lituana. Hubo un cambio drástico de imagen. Antanas se cortó el pelo, dejó los jeans y se puso traje y corbata. Algunos creen que nunca volvió a ser el mismo que se reía a estruendosas carcajadas desde su oficina.
El economista Salomón Kalmanovitz formó parte del grupo que craneó las reformas de la Nacional. “Yo decía que eso era neoliberalismo y en el grupo hubo una posición de que una universidad más ligada al mercado también estaba más ligada a las necesidades sociales. Eso se probó cierto y fue muy exitoso”. Decidieron que había muchos estudiantes estrato 3 y 4 que podían pagar una “modesta” matrícula y en adelante los nombramientos de los profesores se hicieron por convocatorias internacionales.
Fue una dura batalla en medio de la cual ocurrió su acción más recordada. Era el año 1993. En el Auditorio León de Greiff los estudiantes no dejaban hablar. En medio de las rechiflas y las críticas, el rector decidió bajarse los pantalones y mostrarles las nalgas para silenciar al público. No era su primera excentricidad. Se rumoraba que se había cogido los genitales en público y que había usado una espada de plástico para pelearle al Gobierno por recursos para el alma máter. Sus compañeros cuentan que fue un episodio muy doloroso para él. Nunca pensó que lo iban a filmar y eso lo “descuadró mucho”, hasta el punto que se vio obligado a renunciar.
Su polo a tierra
En palabras del noruego Jon Elster, uno de los filósofos favoritos del hoy candidato por el Partido Verde, “sin emociones la vida sería gris”. Por eso, aunque dejó la rectoría, Antanas no quiso dejar de enseñar. Un día cualquiera El Profe, como le dicen, citó a un grupo de estudiantes a su casa, o más bien a la casa de Nijole, su madre.
Asistieron, entre otros, Adriana Córdoba, una joven representante del Consejo Superior del Colegio Mayor de Cundinamarca que estudiaba trabajo social. Un año atrás, Adriana había visto a Mockus en una de sus tantas charlas con estudiantes y quedó impresionada al conocer “a un hombre de tanta inspiración”. Ese día la lección fue: todos deben hablar para enseñar algo y todos deben escuchar para aprender algo.
En aquel nuevo encuentro, ante la ausencia de varios invitados al coloquio, Adriana y Antanas pudieron conversar. “Me preguntó acerca de lo más impresionante de mi labor. Le dije que la actitud de la gente para levantarse después de caerse. Él dice que con la respuesta quedó flechado”, cuenta la mujer, su esposa desde hace 15 años. El día les alcanzó para ir a la universidad, lavar el Renault 4 del profesor y hasta tomar café.
Adriana descubrió con cada detalle que Antanas no era un hombre común. Nunca hubo un noviazgo, en principio fue una amistad marcada por detalles y algunas dudas. Hasta que Antanas le propuso vivir juntos. Se mudaron a la casa de Nijole, una residencia en el barrio Quintaparedes de Bogotá donde la tradición eran los libros y los conciertos de música clásica.
En esa convivencia, la estudiante descubrió que a su esposo lo educaron para trabajar también con las manos. Ayudaba con cada cosa mecánica y eléctrica que se dañaba. Era fuerte y le ayudaba a su mamá, artista de profesión, a cargar las pesadas esculturas que hacía. Así transcurría la cotidianidad, hasta 1995 cuando sus vidas se transformaron por completo: llegó por primera vez a la Alcaldía de Bogotá.
Meses después, en una emisora, el mandatario local anunció su matrimonio. Adriana no lo sabía. Era una propuesta tipo Aurelijus Rutenis Antanas Mockus Sivickas que incluía tres requisitos: que los sueños se volvieran realidad, que en la diversidad pudiera haber armonía y que formara parte de un ritual. En chiste, la trabajadora social sugirió un circo. Él no lo dudó y en enero de 1996 las cámaras del país captaron una boda con elefantes, acróbatas y payasos.
Ese día se cumplió la fantasía de quien a los 7 años de edad recibió de su padre —Alfonsas Mockus—, la estampa de una hermosa y escultural mujer que trabajaba en el circo de un pueblo cercano a la capital. Probablemente los ciudadanos no se sorprendieron con la peculiar boda. Al fin y al cabo, Antanas es un hombre excéntrico, cualidad que se reflejó en su campaña y su administración, y que ha marcado toda su vida pública.
Un político particular
Enrique Peñalosa, su competidor en la contienda del 95, recuerda que ver a Mockus era como ver a Madonna. “Un mega símbolo”, dice. La primera vez que el profesor le lanzó un vaso de agua a alguien fue, precisamente, a Peñalosa, quien animado por un auditorio de aproximadamente 300 estudiantes de la Universidad Javeriana, le respondió con la misma moneda, claro que su vaso estaba más lleno. “En esa época yo pensaba que era etéreo. Pensaba en el cuento del emperador que va desnudo, nadie entendía pero todos lo admiraban”, relata.
Su equipo de trabajo en la Alcaldía era mayoritariamente femenino, tal vez por la influencia de su madre, que crió sola a Antanas y a su hermana, Ismena, pues su padre falleció en un accidente aéreo. Convocó a Liliana Caballero, Alicia Eugenia Silva y a Carmenza Saldías. También lo acompañaron la actual embajadora de Colombia en Washington, Carolina Barco; la ministra de Educación, Cecilia María Vélez, y la ex canciller, María Consuelo Araújo.
Cuando Carmenza Saldías llegó como secretaria de Hacienda de Bogotá sólo conocía del profesor lo registrado por los noticieros. “Desde el primer minuto que lo vi, sentí admiración por ese ser transparente y ético. Es de los que nunca pone la jerarquía por encima de los demás. Siempre dispuesto a cambiar de idea si un argumento lo convence”.
Pero entre argumento y argumento, las trasnochadas se volvieron constantes en el Palacio de Liévano. Saldías recuerda que Mockus ni siquiera se preocupaba por comer cuando estaba debatiendo. Aunque hay algo con lo que su ex secretaria de Hacienda no está de acuerdo: “Él no asumía, ni asume, posiciones defensivas. Nunca aclaraba las cosas que inventaban de él. Lo bueno era que no se dejaba sacar de casillas”.
Con cada mujer de su gabinete, El Profe tuvo una relación laboral diferente. Alicia Silva dice que más que su secretaria de Gobierno, parecía su hermana. Y se apresura a aclarar que es mentira aquel chisme de que la señora Nijole influye en todas sus decisiones.
Cuando Antanas renunció a la primera alcaldía para aspirar fallidamente a la Presidencia de la República, en 1998, Silva decidió acortar su estadía en el cargo. En 2001, después del acto de perdón por abandonar su designación, el profesor volvió a gobernar la capital y Alicia Silva lo acompañó de nuevo, esta vez como su secretaria privada. Sus consejos iban desde lo político hasta lo más sencillo, como pedirle que se aprendiera el nombre de las personas que lo custodiaban.
Hoy, en la recta final por la campaña presidencial 2010-2014, Alicia Silva es poco optimista: si Antanas llega a gobernar por un tiempo habrá un enfrentamiento muy duro entre el Legislativo y el Ejecutivo. “A los políticos no les gusta que no les ofrezcan contratos”. Entonces, prosigue, a Antanas no le quedará otra opción que invitar a creer en la democracia deliberativa.
Ese no es el único reparo de su ex compañera de gabinete. “A Antanas no le gusta que yo le diga que se hizo un poco el bobo con la gente que estaba metiendo a las listas al Congreso de la República. Se pegó a los verdes y dejó que le hicieran conejo porque los directivos son los mismos de siempre. Sólo me tranquiliza pensar que el Antanas que conocí no haya cambiado”, dice Silva.
Por el contrario, el físico Paul Bromberg Zilberstein, quien asumió las riendas de la Alcaldía cuando Mockus renunció, cree que el matemático sí cambió radicalmente. Primero, ve que dejó de ser un hombre fresco y animado. Seguramente sus 58 años no han sido en vano. Pero además está muy ocupado como para tener amigos.
De todas maneras, Bromberg confiesa que va a respaldar la ola verde, pero con miedo porque esta vez “Mockus sí va a ganar”. ¿Miedo?, según Bromberg porque el ex alcalde no conoce gente en las regiones y le va bien con la Policía pero no tanto con el Ejército. “Es un hombre polarizante que no se caracteriza precisamente por convencer al otro. Votaré por él con menos entusiasmo que quienes lo van a abandonar un mes después de ser elegido. La gente cree que todo va a ser muy fácil, pero él no sabe qué es el gobierno a nivel nacional”.
Para el físico, lo censurable del Partido Verde es que haga alarde de ser un proceso diferente. Para él, la única verdad es que la Alianza Social Indígena, que lo había apoyado en ocasiones anteriores, ya estaba ocupada.
“Un mega símbolo ”
En Pereira citan a una rueda de prensa con el candidato verde a las 2 de la tarde. Él llega a las 3. “Siempre pasa”, cuenta un miembro de su campaña. Toda persona que lo ve pasar quiere una foto a su lado y él nunca se niega.
El Profe tiene una gran acogida con las mujeres, que siempre quieren abrazarlo y halagarlo. “La gente no se lo imagina, pero es muy coqueto, claro, un coqueto muy gentil y respetuoso. Tiene su fanaticada femenina grande”, cuenta Henry Morrain, uno de sus estudiantes de la Nacional. Y el mismo candidato lo confiesa: “A veces mi pecado es desear la mujer del prójimo”.
Camina lento, muy lento. Siempre sonríe. Su párkinson parece estar controlado. Para demostrarlo, él hace sus manos visibles cada vez que puede. Una gripa mal cuidada, según sus asesores, es lo único que lo afecta en este momento. En privado tose con frecuencia. Cuando sube a su camioneta para trasladarse de un evento a otro guarda silencio y duerme.
Llega a la Plaza Cívica Ciudad Victoria. La muchedumbre se lanza sobre él. Es un tenso momento para sus escoltas. Su corazón se acelera y no falta quien llore, incluso él. Es tímido, en eso coinciden quienes lo conocen, pero cuando sube a una tarima se transforma. Sube gritando y brincando porque no sabe bailar. “Vinimos porque quisimos, no nos pagaron”, “por un país decente Mockus Presidente”, suenan las arengas. Antanas se acuesta en el piso y se toma fotos con la gente. Invita a los lugareños a hacer el ejercicio de la confianza, que consiste en dejarse caer en brazos de otra persona. Levanta su lápiz y sueña.
El clamor de la gente contrasta con algunos sectores de opinión que lo acusan de recular constantemente en sus ideas y de no tener un discurso claro. Como su sombra siempre permanece Liliana Caballero, ex secretaria general de la Alcaldía, ahora gerente de la campaña. Le dice cosas al oído. Cuentan que ella es determinante en las decisiones de la campaña.
Curiosamente, a su derecha siempre lo acompaña Enrique Peñalosa y a su izquierda Luis Eduardo Garzón. Lucho hace chistes y da recomendaciones. “Hoy Santos le tiró el teléfono a Darío Arizmendi. Acuérdese Antanas, nunca hay que perder el control”, le susurra al oído. El Profe es un hombre que escucha consejos, le gusta mucho una frase de Carlo Federici Casa: “El hombre no es un dato; el hombre es una tarea para el hombre, es tensión, es anticipación, es… un siendo”.
Andrea Forero Aguirre | Mayo 14 de 2010 – 10:25 pm
Si en algo coinciden quienes conocen a Mockus es en su transparencia. Sus contradictores dicen que es polarizante.
La escena se repite una y otra vez. Colombianos con ilusión en el rostro y lápices en las manos gritan efusivamente: “Mi presidente, mi profesor”. Para Antanas Mockus no se trata de cualquier arenga. De ser profesor se desprende lo más importante de su vida: el conocimiento, la política y su gran amor.
Corrían los años 70 cuando Mockus, después de su pregrado y maestría en matemáticas en la Universidad de Dijón (Francia), regresó al país como catedrático de la Universidad Nacional, donde al tiempo hizo una maestría en filosofía. Allí conoció a Carlos Augusto Hernández, hoy su amigo del alma.
“Andábamos melenudos y en bicicleta. Teníamos ruanas grandes, la gente pensaba que vestirnos como hippies implicaba que éramos hippies. Antanas no aclaraba nunca que él no podía serlo. No podía fumar marihuana porque tiene el cuento de que no usa cosas que le hagan daño”, recuerda Hernández.
La pasión por la educación los terminó de unir cuando crearon el grupo Federici, dirigido por el profesor italiano Carlo Federici, con el objetivo de investigar, precisamente, sobre la educación. El hecho coincidió con una propuesta de reforma curricular impulsada por el Ministerio de Educación que el grupo criticó por quitarle autonomía al educador. Algo tenían que hacer.
En medio de la agitación de aquella lucha, en 1982 nació el Gran Movimiento Pedagógico. Con Fecode y sin buscar reivindicaciones económicas se movilizaron por la enseñanza. La propuesta fundamental era “la educación es comunicación”.
Un par de cosas caracterizaban al Antanas de entonces. Uno, la capacidad incansable de trabajo —podía deliberar hasta las 3 de la mañana y a primera hora del día siguiente aparecer con más tareas hechas—. Dos, compartía los logros académicos —si alguien le ayudaba al menos con un comentario de sus textos, él no tenía problema en darle crédito—. Era generoso.
Pero la crítica de Mockus no sólo tenía como blanco el Ministerio de Educación. Años después, sus insistentes preguntas sobre la verdadera misión de la Universidad Nacional motivaron que el rector, Ricardo Mosquera Mesa, lo invitara a ocupar la vicerrectoría. Era un contestatario para muchos.
Ya sobre los años 90, el entonces ministro de Educación, Alfonso Valdivieso, se sorprendió tanto con el matemático que le contó al presidente César Gaviria de sus habilidades. A su favor se juntaron dos situaciones: el período de Mosquera estaba concluyendo y eran tiempos en que el Ejecutivo nombraba al rector. Como resultado, el mandatario liberal decidió darle el cargo al profesor de ascendencia lituana. Hubo un cambio drástico de imagen. Antanas se cortó el pelo, dejó los jeans y se puso traje y corbata. Algunos creen que nunca volvió a ser el mismo que se reía a estruendosas carcajadas desde su oficina.
El economista Salomón Kalmanovitz formó parte del grupo que craneó las reformas de la Nacional. “Yo decía que eso era neoliberalismo y en el grupo hubo una posición de que una universidad más ligada al mercado también estaba más ligada a las necesidades sociales. Eso se probó cierto y fue muy exitoso”. Decidieron que había muchos estudiantes estrato 3 y 4 que podían pagar una “modesta” matrícula y en adelante los nombramientos de los profesores se hicieron por convocatorias internacionales.
Fue una dura batalla en medio de la cual ocurrió su acción más recordada. Era el año 1993. En el Auditorio León de Greiff los estudiantes no dejaban hablar. En medio de las rechiflas y las críticas, el rector decidió bajarse los pantalones y mostrarles las nalgas para silenciar al público. No era su primera excentricidad. Se rumoraba que se había cogido los genitales en público y que había usado una espada de plástico para pelearle al Gobierno por recursos para el alma máter. Sus compañeros cuentan que fue un episodio muy doloroso para él. Nunca pensó que lo iban a filmar y eso lo “descuadró mucho”, hasta el punto que se vio obligado a renunciar.
Su polo a tierra
En palabras del noruego Jon Elster, uno de los filósofos favoritos del hoy candidato por el Partido Verde, “sin emociones la vida sería gris”. Por eso, aunque dejó la rectoría, Antanas no quiso dejar de enseñar. Un día cualquiera El Profe, como le dicen, citó a un grupo de estudiantes a su casa, o más bien a la casa de Nijole, su madre.
Asistieron, entre otros, Adriana Córdoba, una joven representante del Consejo Superior del Colegio Mayor de Cundinamarca que estudiaba trabajo social. Un año atrás, Adriana había visto a Mockus en una de sus tantas charlas con estudiantes y quedó impresionada al conocer “a un hombre de tanta inspiración”. Ese día la lección fue: todos deben hablar para enseñar algo y todos deben escuchar para aprender algo.
En aquel nuevo encuentro, ante la ausencia de varios invitados al coloquio, Adriana y Antanas pudieron conversar. “Me preguntó acerca de lo más impresionante de mi labor. Le dije que la actitud de la gente para levantarse después de caerse. Él dice que con la respuesta quedó flechado”, cuenta la mujer, su esposa desde hace 15 años. El día les alcanzó para ir a la universidad, lavar el Renault 4 del profesor y hasta tomar café.
Adriana descubrió con cada detalle que Antanas no era un hombre común. Nunca hubo un noviazgo, en principio fue una amistad marcada por detalles y algunas dudas. Hasta que Antanas le propuso vivir juntos. Se mudaron a la casa de Nijole, una residencia en el barrio Quintaparedes de Bogotá donde la tradición eran los libros y los conciertos de música clásica.
En esa convivencia, la estudiante descubrió que a su esposo lo educaron para trabajar también con las manos. Ayudaba con cada cosa mecánica y eléctrica que se dañaba. Era fuerte y le ayudaba a su mamá, artista de profesión, a cargar las pesadas esculturas que hacía. Así transcurría la cotidianidad, hasta 1995 cuando sus vidas se transformaron por completo: llegó por primera vez a la Alcaldía de Bogotá.
Meses después, en una emisora, el mandatario local anunció su matrimonio. Adriana no lo sabía. Era una propuesta tipo Aurelijus Rutenis Antanas Mockus Sivickas que incluía tres requisitos: que los sueños se volvieran realidad, que en la diversidad pudiera haber armonía y que formara parte de un ritual. En chiste, la trabajadora social sugirió un circo. Él no lo dudó y en enero de 1996 las cámaras del país captaron una boda con elefantes, acróbatas y payasos.
Ese día se cumplió la fantasía de quien a los 7 años de edad recibió de su padre —Alfonsas Mockus—, la estampa de una hermosa y escultural mujer que trabajaba en el circo de un pueblo cercano a la capital. Probablemente los ciudadanos no se sorprendieron con la peculiar boda. Al fin y al cabo, Antanas es un hombre excéntrico, cualidad que se reflejó en su campaña y su administración, y que ha marcado toda su vida pública.
Un político particular
Enrique Peñalosa, su competidor en la contienda del 95, recuerda que ver a Mockus era como ver a Madonna. “Un mega símbolo”, dice. La primera vez que el profesor le lanzó un vaso de agua a alguien fue, precisamente, a Peñalosa, quien animado por un auditorio de aproximadamente 300 estudiantes de la Universidad Javeriana, le respondió con la misma moneda, claro que su vaso estaba más lleno. “En esa época yo pensaba que era etéreo. Pensaba en el cuento del emperador que va desnudo, nadie entendía pero todos lo admiraban”, relata.
Su equipo de trabajo en la Alcaldía era mayoritariamente femenino, tal vez por la influencia de su madre, que crió sola a Antanas y a su hermana, Ismena, pues su padre falleció en un accidente aéreo. Convocó a Liliana Caballero, Alicia Eugenia Silva y a Carmenza Saldías. También lo acompañaron la actual embajadora de Colombia en Washington, Carolina Barco; la ministra de Educación, Cecilia María Vélez, y la ex canciller, María Consuelo Araújo.
Cuando Carmenza Saldías llegó como secretaria de Hacienda de Bogotá sólo conocía del profesor lo registrado por los noticieros. “Desde el primer minuto que lo vi, sentí admiración por ese ser transparente y ético. Es de los que nunca pone la jerarquía por encima de los demás. Siempre dispuesto a cambiar de idea si un argumento lo convence”.
Pero entre argumento y argumento, las trasnochadas se volvieron constantes en el Palacio de Liévano. Saldías recuerda que Mockus ni siquiera se preocupaba por comer cuando estaba debatiendo. Aunque hay algo con lo que su ex secretaria de Hacienda no está de acuerdo: “Él no asumía, ni asume, posiciones defensivas. Nunca aclaraba las cosas que inventaban de él. Lo bueno era que no se dejaba sacar de casillas”.
Con cada mujer de su gabinete, El Profe tuvo una relación laboral diferente. Alicia Silva dice que más que su secretaria de Gobierno, parecía su hermana. Y se apresura a aclarar que es mentira aquel chisme de que la señora Nijole influye en todas sus decisiones.
Cuando Antanas renunció a la primera alcaldía para aspirar fallidamente a la Presidencia de la República, en 1998, Silva decidió acortar su estadía en el cargo. En 2001, después del acto de perdón por abandonar su designación, el profesor volvió a gobernar la capital y Alicia Silva lo acompañó de nuevo, esta vez como su secretaria privada. Sus consejos iban desde lo político hasta lo más sencillo, como pedirle que se aprendiera el nombre de las personas que lo custodiaban.
Hoy, en la recta final por la campaña presidencial 2010-2014, Alicia Silva es poco optimista: si Antanas llega a gobernar por un tiempo habrá un enfrentamiento muy duro entre el Legislativo y el Ejecutivo. “A los políticos no les gusta que no les ofrezcan contratos”. Entonces, prosigue, a Antanas no le quedará otra opción que invitar a creer en la democracia deliberativa.
Ese no es el único reparo de su ex compañera de gabinete. “A Antanas no le gusta que yo le diga que se hizo un poco el bobo con la gente que estaba metiendo a las listas al Congreso de la República. Se pegó a los verdes y dejó que le hicieran conejo porque los directivos son los mismos de siempre. Sólo me tranquiliza pensar que el Antanas que conocí no haya cambiado”, dice Silva.
Por el contrario, el físico Paul Bromberg Zilberstein, quien asumió las riendas de la Alcaldía cuando Mockus renunció, cree que el matemático sí cambió radicalmente. Primero, ve que dejó de ser un hombre fresco y animado. Seguramente sus 58 años no han sido en vano. Pero además está muy ocupado como para tener amigos.
De todas maneras, Bromberg confiesa que va a respaldar la ola verde, pero con miedo porque esta vez “Mockus sí va a ganar”. ¿Miedo?, según Bromberg porque el ex alcalde no conoce gente en las regiones y le va bien con la Policía pero no tanto con el Ejército. “Es un hombre polarizante que no se caracteriza precisamente por convencer al otro. Votaré por él con menos entusiasmo que quienes lo van a abandonar un mes después de ser elegido. La gente cree que todo va a ser muy fácil, pero él no sabe qué es el gobierno a nivel nacional”.
Para el físico, lo censurable del Partido Verde es que haga alarde de ser un proceso diferente. Para él, la única verdad es que la Alianza Social Indígena, que lo había apoyado en ocasiones anteriores, ya estaba ocupada.
“Un mega símbolo ”
En Pereira citan a una rueda de prensa con el candidato verde a las 2 de la tarde. Él llega a las 3. “Siempre pasa”, cuenta un miembro de su campaña. Toda persona que lo ve pasar quiere una foto a su lado y él nunca se niega.
El Profe tiene una gran acogida con las mujeres, que siempre quieren abrazarlo y halagarlo. “La gente no se lo imagina, pero es muy coqueto, claro, un coqueto muy gentil y respetuoso. Tiene su fanaticada femenina grande”, cuenta Henry Morrain, uno de sus estudiantes de la Nacional. Y el mismo candidato lo confiesa: “A veces mi pecado es desear la mujer del prójimo”.
Camina lento, muy lento. Siempre sonríe. Su párkinson parece estar controlado. Para demostrarlo, él hace sus manos visibles cada vez que puede. Una gripa mal cuidada, según sus asesores, es lo único que lo afecta en este momento. En privado tose con frecuencia. Cuando sube a su camioneta para trasladarse de un evento a otro guarda silencio y duerme.
Llega a la Plaza Cívica Ciudad Victoria. La muchedumbre se lanza sobre él. Es un tenso momento para sus escoltas. Su corazón se acelera y no falta quien llore, incluso él. Es tímido, en eso coinciden quienes lo conocen, pero cuando sube a una tarima se transforma. Sube gritando y brincando porque no sabe bailar. “Vinimos porque quisimos, no nos pagaron”, “por un país decente Mockus Presidente”, suenan las arengas. Antanas se acuesta en el piso y se toma fotos con la gente. Invita a los lugareños a hacer el ejercicio de la confianza, que consiste en dejarse caer en brazos de otra persona. Levanta su lápiz y sueña.
El clamor de la gente contrasta con algunos sectores de opinión que lo acusan de recular constantemente en sus ideas y de no tener un discurso claro. Como su sombra siempre permanece Liliana Caballero, ex secretaria general de la Alcaldía, ahora gerente de la campaña. Le dice cosas al oído. Cuentan que ella es determinante en las decisiones de la campaña.
Curiosamente, a su derecha siempre lo acompaña Enrique Peñalosa y a su izquierda Luis Eduardo Garzón. Lucho hace chistes y da recomendaciones. “Hoy Santos le tiró el teléfono a Darío Arizmendi. Acuérdese Antanas, nunca hay que perder el control”, le susurra al oído. El Profe es un hombre que escucha consejos, le gusta mucho una frase de Carlo Federici Casa: “El hombre no es un dato; el hombre es una tarea para el hombre, es tensión, es anticipación, es… un siendo”.
Andrea Forero Aguirre | Mayo 14 de 2010 – 10:25 pm
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