“Songo le dio a borondongo, borondongo le dio a bernabé, bernabé le pegó a muchilanga, le echó a burundanga, les hinchan los pies”
El ex-ministro y las calificadoras Kevin Harrington-Shelton
La (más reciente) maniobra del ex–ministro en funciones intenta insinuar que las calificadoras de riesgo sugieren que revoque su renuncia irrevocable. Pero la Verdad es que nadie sería indispensable, en una democracia con instituciones sobre cuya seriedad depende el repago de préstamos internacionales.
La historia (también madre y maestra) nos legó una ilustración de las rarísimas excepciones cuando una persona insustituible resultó en algo positivo. Al ordenar nuestras finanzas públicas durante (aquella) Gran Depresión, el presidente Harmodio Arias Madrid contrató un empréstito con la casa J.P. Morgan, quién lo otorgó en venta-casada con un supervisor de su confianza, tras lograrse re-negociar en oro-equivalente los cánones de arrendamiento del Canal. Así regresó don Martín Sosa, panameño que había surgido dentro del banco en Nueva York por mérito propio, con una probidad e integridad intelectual muy poco vista en éste Istmo. Con todo respeto a sus memorias, si ese nombramiento hubiese dependido de la politiquería local, ¡ni con las cualidades que les adornaban a ambos, habrían podido imponer la disciplina requerida!
Lo cual no es del caso hoy día….
Y, lamentablemente, la carrera pública del actual ministro de Economía y Finanzas no se acerca a la del “Contralor de Hierro”. La declaración de don Alberto Vallarino ripostando que no recordaba haber dicho lo que The Economist dijo que dijo, no es más que la muletilla popularizada por Watergate, la que el mundo de las calificadoras de riesgo entenderían en su justa dimensión. Especialmente si Vallarino no ha querellado (aún) al semanario británico, quizás la más influyente fuente de información del ámbito financiero, ya que “quien calla, otorga”. El mentís del ministro de la Presidencia no resulta suficiente, porque él no es el afectado, y el ingeniero Vallarino no acostumbra acudir a medios donde sería cuestionado sobre el verdadero meollo de sus asuntos y recordará como antes ésta revista hasta el presidente Ernesto Pérez Balladares tuvo que “comerse el sombrero”. (¿Será por eso que se entrevista tanto con don Edwin Cabrera?)
Salvo que (también) sean orates, si osara presentarse ante The Economist, los pérfidos de Albión sin duda le preguntarían cuáles negocios inmobiliarios cerró con el presidente Ricardo Martinelli justo antes de las elecciones. Esto, de un Wikileak de pluma de doña Bárbara Stephenson recogiendo entonces declaraciones de don Demetrio Papademetriu, el precitado ministro de la Presidencia, quien también le exteriorizó que, como candidato, el hoy presidente Martinelli estaría cerrando posiciones minoritarias en negocios no explicados. The Economist es un medio serio, y lo documentado por una embajadora de los EEUU sobre las finanzas personales del jefe de un Estado y especialmente con sus ministros, ciertamente sí les constituiría noticia — sobre todo recibida del propio interesado.
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