by admin
SALUDO A LOS BIBLIOTECARIOS
Y AL LIBRO, EN SU DÍA
Por Dimas Lidio Pitty
Señoras y señores:
Según disposición de la Organización de las Naciones Unidas, el 23 de abril es el Día Internacional del Libro y del Derecho de Autor. Coincidentemente, ese día, en 1616, murieron tres figuras preclaras de la literatura universal: Miguel de Cervantes Saavedra, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega. También es el Día del Idioma Español, en todo el ámbito hispánico. Y en nuestro Panamá, en 1973, la Asociación Panameña de Bibliotecarios designó el 23 de abril como Día del Bibliotecario Panameño. Así, pues, hoy debemos regocijarnos triplemente, porque es día de fiesta para el libro, para la lengua española y para el bibliotecario panameño.
¡Un aplauso para la lengua, para el libro y para nuestros bibliotecarios!
Según se dice, la primera biblioteca conocida estuvo en Mesopotamia, en la ciudad de Nínive, hace alrededor de tres mil años. Luego, a lo largo de los siglos, hubo bibliotecas en Egipto, Grecia, Roma y otros lares. No obstante, la biblioteca más renombrada de la antigüedad es la de Alejandría. Y su fama se debe tanto a la riqueza de su acervo (se hablaba de 800 mil manuscritos, equivalentes a unos 100 mil volúmenes impresos de hoy) cuanto a su destrucción, atribuida (entre otras versiones) a fanáticos religiosos cristianos, en el 415 después de Cristo.
Ahora, ¿quién fue el primer bibliotecario? Algunos dicen que el dios egipcio Toth; otros, que Seshat, diosa egipcia de la sabiduría y creadora de la escritura. Sin embargo, muchos le atribuyen este título a Demetrio de Falero, el organizador de la célebre Biblioteca de Alejandría. ¿Quién fue, en realidad? Probablemente un babilonio. Tal vez nunca se sepa. No obstante, se puede decir que para nosotros, vástagos culturales de los griegos, los bibliotecarios descienden de Atenea, la diosa de la sabiduría.
Y no cuesta nada suponer que así como Afrodita, diosa del amor y la belleza, tenía en sus templos sacerdotisas que eran hetairas, las cultoras de Atenea seguramente eran bibliotecarias. Por eso, aunque en determinados momentos y circunstancias importen y predominen las curvas, la mayor parte del tiempo lo primordial es el cerebro, y mucho más si al conocimiento se añade la gracia.
Así aconteció, en grado extremo, en el caso de Hipatia, matemática y astrónoma de gran belleza, al parecer última bibliotecaria de Alejandría, que fue salvajemente ultimada y quemada por monjes y secuaces del obispo Cirilo.
Desde la antigüedad hasta nuestros días, ha habido muchos otros bibliotecarios célebres, tanto en la historia cuanto en la ficción. De esto pueden hablarnos personajes como Goethe, Borges y Umberto Eco, por citar tres nombres conocidos.
Ahora, la importancia no está en la nombradía, sino en la función. El bibliotecario, aun el más humilde y anónimo, es un auxiliar valiosísimo en la conservación, en la organización y en la búsqueda del conocimiento. En consecuencia, sin las bibliotecas y sin los bibliotecarios, el libro tal vez no sería lo que es: la memoria cultural de nuestra especie. Porque así como el ADN es la memoria genética, el libro es la memoria histórica y cultural de los hombres.
En los últimos tiempos, los noveleros de siempre exaltan el papel de la imagen en detrimento del texto y hablan del futuro incierto del libro. Se dice que la computadora y la internet acabarán con el libro impreso.
Quienes así opinan olvidan que el libro no es el soporte. El libro es un producto artificial, una estructura organizada, compuesta por signos o caracteres que representan pensamientos, emociones e imágenes. Antiguamente el soporte fue la arcilla, después el papiro, luego el pergamino y posteriormente el papel. Hoy se utilizan los impulsos eléctricos y la luz para componer textos.
Pero, independientemente del medio técnico empleado, el libro sigue siendo una prolongación del hombre, una expresión de lo humano. Por lo tanto, el soporte no es lo esencial: mientras el hombre siga pensando y sintiendo; mientras sea homo sapiens, el libro tendrá vigencia. Entre otras razones porque, como señaló hace unos años el escritor Ray Bradbury, sólo hay dos cosas con las que un hombre puede ir fructíferamente a la cama: una mujer y un libro.
Ahora, en esto de las bibliotecas, los bibliotecarios y los libros, sucede como en todo: hay cosas extrañas o misteriosas. Por ejemplo, por alguna razón que desconozco y sin que pueda evitarlo, siempre que se habla de bibliotecas y bibliotecarios, prefiero pensar en bibliotecarias.
Quizás esto deba atribuirse a que en la etapa escolar, cuando los niños suelen enamorarse de las maestras, como era un lector devoto y no tenía libros propios, buscaba las bibliotecas y me atraían las bibliotecarias. Por esta inclinación, al comienzo de la adolescencia, me tuvieron totalmente cautivado la amabilidad, el encanto y el ingenio de una señorita bibliotecaria que rondaba los setenta años.
Naturalmente, con el paso del tiempo, las cosas han cambiado mucho. Hoy, como se sabe, los libros digitales y todo tipo de información están al alcance de la mano, a cualquier hora, sin intermediarios, en cualquier lugar del mundo.
Sin embargo, algunos pensamos y sentimos que es mucho mejor —y resulta más estimulante para el espíritu, sin duda— estar en contacto con una bibliotecaria inteligente y gentil que con una computadora, por más sofisticada que ésta sea.
Y esto, señoras y señores, lo digo con pleno conocimiento de causa, pues, aunque ya he comenzado a recorrer el invierno de mi vida, en mi mente y en mi corazón se mantienen vivos y cálidos, como en los días de la primera juventud, la devoción a los libros y el cariño a las bibliotecarias.
¡Felicidades y abrazos a todos!
Muchas gracias.
Biblioteca Roberto Jaén y Jaén, Universidad Autónoma de Chiriquí, David, 23 de abril de 2012